Inhalando el perfume de los esmaltes, casi como si fuese esencia de Láudano,
las aletas de la nariz se expanden, me lleva al ensueño como el Cloroformo.
Se manchan mis dedos, arco iris como escapularios por las calles de Santiago,
imagino en cada una de sus puertas la fiebre del fuego del sol de otoño...
escurriendo matices rojos; Las brochas me arden, se mecen y gritan, sangran
aúllan como queriendo destruir el himen de la clandestinidad de la noche,
la pureza casi sepulcral del cemento implacablemente ajeno, permanentemente mio, mio, solo mio;
Y lo reclamo, como un niño hambriento de pecho empino un cerveza mientras las pieles me escurren como el agua y las luces verdirojas me espantan como el ajenjo...
Con las ropas manchadas, arrastro los pies por el asfalto, camino a casa.